Depresión de la tumbona

La depresión, aunque parezca imposible, es frecuente también durante los meses de verano. En este artículo se explican algunas claves que pueden ayudar a comprender este inesperado fenómeno.

Depresión de la tumbona

El año pasado por estas fechas apareció una voz de alerta en diversos medios de comunicación ante lo que se denominó la depresión de la tumbona, un “tipo” de depresión que por definición surge en la época estival tras pasar unos días de descanso alejados de nuestro entorno cotidiano. Un fenómeno en apariencia extraño ya que, ¿por qué estar de vacaciones podría generar en alguien una depresión? Cierto es que la mayoría de las personas viven sus vacaciones con disfrute, e incluso con plenitud. Sin embargo, para unos pocos puede ser el comienzo de un infierno. Algo realmente intrigante dado que, incluso estos pocos que se deprimen durante el verano, son los mismos que durante el largo curso ansían, como la mayoría, la llegada de las vacaciones.

Entonces, de nuevo, ¿cómo es posible que se depriman por sentarse al sol cuando eso es precisamente lo que han deseado una y otra vez durante el casi eterno invierno? Alguien podría pensar que la exposición continuada al sol podría ser capaz de generar algún tipo de reacción bioquímica, alterando los niveles de neurotransmisores asociados a nuestro estado de ánimo. Pues bien, en realidad sucede lo contrario: el sol y la luz son beneficiosas para nuestro estado de ánimo. Y precisamente a este hecho se atribuye el que las personas que permanecen un cierto tiempo en un país con de pocas horas diarias de luz sean más proclives a sufrir una depresión. Por tanto, este hecho lejos de resolver la cuestión la enturbia aún más: ¿Qué es eso tan negativo que puede con la belleza de hermosos atardeceres, con el placer del descanso, con la posibilidad de cambiar la rutina, y además con las propiedades anti-depresivas de la luz del sol?

Aunque los psicólogos austriacos que acuñaron el término de depresión de la tumbona lo atribuyeron a la incapacidad para liberarse del estrés acumulado durante el año, intentaré aquí dar una visión alternativa del origen de este curioso fenómeno centrándome en el papel de lo que es una de las actividades “depresógenas” por excelencia: Pensar.

En efecto, pensar puede parecer a primera vista una actividad inocua, e incluso productiva en muchos casos. Sin embargo, esta actividad realizada bajo el manto del pesimismo, puede convertirse en el raíl que nos transporte al túnel más oscuro. Para comprenderlo cualquiera puede hacer el sencillo ejercicio de imaginar cómo se sentiría una persona tras reflexionar durante más de 60 minutos seguidos en lo que le gustaría haber sido y no ha conseguido ser, o en cómo siente que su vida no es en absoluto lo que querría y además no ve la forma de cambiar. Ahora imagínese eso día tras día durante 15 días. En fin, supongo que ahora será más fácil entender cómo puede aparecer la depresión de la tumbona. Cuando la insatisfacción se encuentra con el silencio o con el tiempo libre, o con el aburrimiento, los tentáculos de la desesperanza y la melancolía toman una fuerza insospechada, y a veces inapelable.

Sin embargo, hay algo paradójico en esto del pensar, y es que, si bien puede ser parte importante del problema, no es menos cierto que también puede ser parte de la solución. Quizá entonces debamos decir que la clave es el punto de partida: Mientras que el “depresivo” es arrastrado hacia la reflexión fruto de un estado de ánimo irritable, frustrado, o melancólico. El “constructivo”, aun sintiendo en ese momento algo parecido, dirige él mismo su propia reflexión. Y lo hace desde la confianza en que su análisis le llevará a solucionar sus problemas o al menos a atenuarlos. A partir de ahí, todo lo que viene después ya es distinto. Mientras que el “depresivo” se auto-convence con facilidad de que todo lo que tiene en su vida es negativo, el “constructivo” escudriña todas las piezas de su puzzle vital para salvar algo, a veces una sencilla experiencia que consigue que todo lo demás merezca la pena. El “depresivo” concluye que la vida no tiene sentido, el “constructivo” ha logrado aprender de su experiencia vital, se ha hecho más sabio, y se ha hecho más fuerte.

Ahora bien, aunque la predisposición ante el pensar es muy importante, no hay que olvidar que en las depresiones veraniegas lo que germina es la semilla de la insatisfacción de todo un año, y en ocasiones, de toda una vida previa. Igual que no hay planta sin semilla –al menos de momento-, bien podríamos decir también que generalmente no hay depresión sin insatisfacción. Y la insatisfacción no es sino ese gran armario donde se guardan todas esas cosas desagradables que no queremos ver habitualmente: frustraciones, incomprensiones, decepciones, preguntas sin respuesta…

Es fundamental abrir y airear este armario de vez en cuando ya que, de otra forma, cuando se abre fruto de una sobrecarga, el efecto es mucho más devastador. Otras veces como decía, pensando, pensando, casi sin darnos cuenta se agrieta la parte baja del dichoso armario y empieza a salir por ahí esa peligrosa pasta de alquitrán que todo lo ennegrece. La solución no será por tanto almacenar indefinidamente. Si bien es verdad que dar audiencia a esa parte de nosotros mismos es algo costoso, no es menos cierto que hacerlo frente a una persona cálida y empática puede transformarlo todo en una experiencia realmente reconfortante. Además, el aire que aporta una escucha verdadera suele ser suficiente para respirar los primeros metros del nuevo camino. Y así, muchas veces de forma fluida, surgen la mayoría de las respuestas. Curiosamente esas mismas respuestas son las que el “depresivo” necesita cuando se sienta en la tumbona y se pone a pensar casi sin darse cuenta. El problema como decía antes es que el “depresivo de la tumbona” a menudo no es parte activa en la búsqueda y la solución de sus problemas. Como realmente no pretendía respuestas, son las preguntas las que le interrogan a él de forma insidiosa, situando a la persona en una posición de debilidad aún más difícil de remontar.

En cualquier caso, es importante destacar que en muchos casos el “depresivo” es en realidad víctima de su entorno, y en otros, de su estilo de vida. Y por tanto muchas de sus frustraciones no son más que los efectos colaterales de un sistema social y productivo que unas veces sugiere, y otras impone, unas coordenadas vitales erróneas, alejadas de las verdaderas necesidades que laten dentro del individuo. Ya que esto podría dar pie a otro artículo completo, me conformaré concluyendo que si el rumbo está equivocado, el destino no puede ser otro que la desorientación, la angustia y la frustración.

Ante esto, reconstruir serenamente los principios de una vida que pueda ser percibida como gratificante y valiosa será por tanto el primer objetivo a lograr. No es tarea fácil, pero es sin duda mucho mejor que vivir en un barco a la deriva. Al final, la tumbona, la hamaca, o la silla de playa, pueden ser el principio de una depresión, pero también el principio de una vida distinta, quizá mejor.

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Gonzalo Hervás Torres.

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